(haga click en la imagen para agrandar la pintura)

       
       
 
 

Destacada participación en numerosas exposiciones individuales y colectivas en Venezuela e internacionalmente en Panamá, Guatemala, Brasil, México, Ecuador, Estados Unidos, España y Rusia. Invitada especial en la “I Cuatrianual/Congreso de Acuarela”, en Sao Paulo, Brasil; y en el “XI Simposio Nacional de Acuarela”, en Aranjuez, España. Está representada en importantes colecciones públicas y privadas de Venezuela, Centroamérica, Estados Unidos y Europa

“MATERIA Y DIAFANIDAD”, CONTRALORÍA GENERAL DEL ESTADO ARAGUA, PRESENTADA POR EL MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO “MARIO ABREU”
Esperanza Mundó, investigadora del MACM, julio de 2005


Materia y diafanidad. Acuarelas de Eglée Manzo Travieso es una exposición que nos invita a observar dos dimensiones de a realidad tangible: las texturas, formas y colores de los objetos en su esencia más realista y la reinterpretación de los mismos mediante los diluidos matices y efectos, sólo posibles por medio de la acuarela. En este sentido, encontramos un trabajo que aborda la naturaleza en su estado más original y la reflexión que suscita la intervención y manipulación de ésta por el hombre. Con este planteamiento, hacemos una presentación general sobre una selección de acuarelas que incluye una versión fresca del bodegón, la exuberancia de la naturaleza, vista a través de las bromelias y ejemplares de la fauna tropical; y una propuesta paisajística que trata el tema del Ávila con la imagen del Hotel Humboldt.

El Bodegón, como género independiente, surgió en Europa a principios del siglo XVI, especialmente en el norte de Italia. Se considera como primer bodegón una pintura sobre madera del artista veneciano Jacopo de Barbari, la cual representa una perdiz muerta y un par de guanteletes. Posteriormente, el Bodegón alcanzó un gran desarrollo en los Países Bajos y en España. La temática del Bodegón se caracteriza por una descripción detallada de los elementos –básicamente alimentos y objetos- presentes en la composición, dada la reproducción exacta de sus cualidades.

La Historia del Arte ha atribuido una variedad de interpretaciones simbólicas a cada uno de los elementos que tradicionalmente han integrado la composición de bodegones; cada uno representando modas, estilos de vida, conceptos de lujo y austeridad o esquemas de valores. Razón por la cual es habitual establecer una relación entre el Bodegón y el mundo interior de su propietario o del artista que lo creó. Ello ha determinado que el Bodegón conlleve una carga notoria de significados, ya sean religiosos, filosóficos, o simplemente, un reflejo de las vanidades, los temores y demás limitaciones que suelen enfrentar los seres humanos en el diario vivir. Así, un libro representa la sabiduría, un cráneo hace ilusión a la muerte y un objeto como el reloj de arena, o la presencia de frutas, vegetales y animales sin vida evocan la condición finita de la vida terrenal y la temporalidad de la materia natural.

En su visión clásica, el Bodegón se orientó en resaltar la capacidad del artista por captar la naturaleza de los objetos con asombroso realismo, por lo que demandaba un dibujo minucioso y un dominio magistral de la técnica empleada.

Maestros del arte occidental como Rembrandt y Zurbarán incluyeron el tema del Bodegón entre su producción pictórica. No obstante, son igualmente reconocidos como ejemplos emblemáticos de este género los trabajos del artista flamenco Jan Fyt, del holandés Willem Kalf y del español Juan Sánchez Cotán, éste último célebre por sus “bodegones de cuaresma”, en virtud de la sobriedad de los mismos. Si bien el género Bodegón está muy identificado con el período barroco, la evolución modernista de finales del siglo XIX y las rupturas que tuvieron lugar en las primeras décadas del siglo XX, no le hicieron perder su vigencia. En este orden de ideas, son obras fundamentales los bodegones realizados por artistas como Paul Cézanne, Juan Gris, Henri Matisse, Pablo Picasso y Paul Klee.

Los bodegones de Eglée Manzo Travieso resumen la tradición pictórica del Bodegón con la diafanidad y serenidad propias de la acuarela. Las plantas, caracoles, frutas, vegetales y objetos integrados, reúnen la búsqueda hiperrealista con el libre paso de la luz, creando atmósferas tenues, en donde el juego de los blancos y los reflejos de la realidad representada en los enseres de plata otorgan movimiento y perspectiva a la composición.

Esta misma precisión para reproducir la rugosidad de un melón, la textura de una planta de sábila o el brillo de espejo del metal, la podemos ver en escenas totalmente naturales, haciendo mención al colorido de especies vegetales y animales autóctonos. Por otra parte, en el tratamiento de los paisajes se observa una mayor libertad en el empleo de la aguada, dejando que sea la variación de tonos lo que configure la espesura de la vegetación con sus claros y sombras.

Eglée Manzo Travieso ha desarrollado una meritoria carrera como exponente de la acuarela. Desde 2002 hasta el 2005 desempeño como presidenta de la Asociación Venezolana de Acuarelistas (AVA), y ha participado en exposiciones individuales y colectivas tanto en Venezuela como en el exterior; destacándose la IV, V y VI Bienal Internacional de la Acuarela, realizada en 2003, en el Museo Nacional de la Acuarela, ubicado en México D.F., el III, IV y V Festival Internacional del Arte Contemporáneo en Ciudad de Guatemala y la I Cuatrianual/I Congreso Internacional de la Acuarela, en Sao Paulo, eventos en donde fueron expuestas algunas de las obras presentes en esta selección.


Ella pinta con la levedad de la luz
Perán Erminy, Diario Tal Cual, Caracas, 2001

¿Qué clase de pinceles y dónde los habrá conseguido Eglee Manzo Travieso para pintar sus maravillas? Y, ¿donde compraría esos papeles, sobre los cuales todo lo pintado luce tan bello? Y son tan blancas sus superficies que, bajo la transparencia luminosa de los colores con los que la artista las cubre, logran resplandecer su blancura hasta convertirla en la propia luz de la mañana.
¿Cuál será el secreto de estas obras? ¿Qué me perdone Eglée por lo que voy a decir, pero tal vez no sea ella quien las pinte, sino un ángel. O, al menos la ayuda un ángel. Si es que los ángeles existen.
En todo caso, eso no le restaría mérito a las obras ni a la artista. Ya había sucedido en el Renacimiento. Además, supongo que no será nada fácil contar con la ayuda de un ángel. Y, después de todo, una acuarela no le puede causar daño a nadie, los ángeles sí pueden ser terribles.
La tradición acuarelista venezolana tiene mejor continuidad en la producción creadora de Eglée Manzo Travieso. Con sus obras Eglée demuestra que no es necesario ser vanguardista ni renovadora de las artes, ni romper o transgredir las normas establecidas, para ser una buena artista, como lo es ella.
La acuarela es, tal vez, la más difícil de las artes. No admite errores ni enmiendas. Tiene que realizarse de una sola vez, casi desde el primer impulso. Y, por eso, paradójicamente, parece muy fácil. Es lo que ocurre con las acuarelas de Eglée. En su caso se creería que el pintar no es un trabajo que implique mucho esfuerzo ni mucha dificultad. Para ella es algo más leve, algo que realiza, como diría Eugenio Montejo... “con el rumor del viento”.
No cabría en estas líneas el análisis ni la interpretación de estas obras, pero no quiero terminarlas sin destacar en ellas la intuición constructiva, que parece fruto de la espontaneidad pero también lo es de la experiencia creadora y de la razón. Y la admirable armonía de su estructura rítmica y de su luminosa atmósfera cromática. Nunca falta la fina sutileza de los detalles. A veces, hacia el fondo, los colores van palideciendo, como cubiertos por el velo tenue de luz. Lo único que faltaría a estas acuarelas de Eglée Manzo Travieso, a mi gusto, es percibir el aroma de sus plantas, la frescura de la brisa, el silencio.

 

 

Quienes Somos Exposiciones Galería Noticias y Eventos  Contáctenos Sitios de Interés